lunes, 12 de septiembre de 2016

un trébol de globos amarillos

Habían sido jornadas tenebrosas e interminables.
El verbo reír había caído en desudo.
Mirar al cielo, escuchar un pájaro, era una tarea titánica aporque de maduro se caía el pesimismo.
Se estilaba dormir con escudo augurando la mala noticia al despertar.
Cuando despertar en esa coyuntura ya era una buena noticia.
Y hablo en pretérito como una expresión de deseo, como si me proyectara en un futuro donde este horror termine.
Tal vez hubiera sido mas llevadero saber si el maleficio tiene final. Para contener la respiración hasta.
Pero es un reloj detenido, un golpe sin rebote.
Algunos se tapan los oídos, cierran lo ojos y cantan a gritos aturdiéndose de sí mismos.
Otros salen a la guerra y vuelven machucados y con barro.
Hay quienes simulan estar entretenidos, pero se sabe que  la risa tensa esconde la pavura del arrepentimiento. se mezclan con los que los torturan para suponerse a salvo.

Pero volvamos a hablar del pasado y a mi más precisamente que es lo que estábamos haciendo.
Ayer, sin ir más lejos, caminaba yo sorteando basura y encontré tirado un trébol de esos que tienen cuatro hojas.
Me pregunté de dónde salió eso de ponerse feliz cuando uno se cruza con un trébol con algo de más, cuando un ser humano con un cromosoma,  un brazo o una cabeza de más no tiene nada de atractivo.
Pero no pude evitar algo parecido a la contentura.
En ese fugaz estado me encontraba yo, queriendo aferrarme al buen augurio, que guarde el trébol en mi puño para que ningún otro pudiese verlo y contentarse.
Pensé en caramelos, en cristales de colores, en vino y carne asada.
En el calor que sale de una estufa.
Una curva se apoderó de mi boca y sugirió una sonrisa que me sacó del calambre.
Imaginé helados de menta granizada, postales de viajes, veranos con brisas, hamacas paraguayas, chupetines y jazmines.
Todo eso mientras apretaba mi tabla salvadora dentro del puño. Incrustado el talismán y su clorofila en la palma de mi mano a medida que los deseos me invadían.
Ese problema tienen los deseos. Se encaprichan en construir futuros. Y aparece entonces otro tiempo verbal para complicar este relato.

Anduve horas ahí, entre pasados, presentes y futuros. Descubriendo la novedad de la ansiedad, la cosquilla, la expectativa...
Fue ese todo un compás de espera...Una felicidad, que como todas las felicidades no puede cuantificarse ni calificarse así que en vano sería decir mucho.

El final es previsible.
No hay nada que pueda guardarse mucho tiempo en el puño de una persona codiciosa.
La arena se escapa, el agua se seca y los deseos no se cumplen.
El futuro pasa a ser presente y sin parpadear, pasado.
y mientras tanto el tiempo se detiene.



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