domingo, 9 de octubre de 2016

los niños primero

Mi hermana tenía un siniestro gusto por la tortura. Así somos en mi familia... perversines… pero con estilo.
Yo me encerraba en el baño para no escucharla y ella, del otro lado de la puerta,  leía a los gritos el capítulo más doliente de "Mi planta de Naranja Lima” .
Subrayaba de modo casi macabro cada párrafo  desgarrador para hacerme doler. Y, si funcionaba la maniobra, repetía con énfasis el texto en cuestión.

 Yo le gritaba entonces que terminara con eso, que me dejara sola, pero las imágenes ya estaban en mí y no podía sacármelas de encima.

Ahí arrancaba el insomnio, las largas noches sin dormir.
 Al día siguiente los personajes de "Mi planta de Naranja Lima" me acompañaban a la escuela y no me dejaban en paz.

Recuerdo que en una ocasión las monjas de la escuela de niñas a la que nos mandaban proyectaron, a modo de  "Recreación" una película llamada
 " Antonino , pan y vino" (un niño que hablaba con la imagen de Cristo en un desván) .
 Dantesca la catarata de niñas angustiadas  y a los gritos saliendo del colegio luego de ese final en que el niño muere en maños de Jesús y el contrapunto de las monjas desorbitadas a la pregunta de ¿ por qué tanto alboroto?? ¿ qué mejor final puede esperar un buen cristiano si no es morir en manos el misericordioso??

En casa se dormía la siesta religiosamente, corrijamos, mi padre dormía la siesta religiosamente... aún conserva esa costumbre.
Para evitar la gritería y el posterior despertar de la bestia con ganas de matar a quien se le cruzara, mi madre nos decía que había un señor en bicicleta que se llevaba a los niños que no dormían la siesta. 
Este señor era en realidad el afilador que tenía por costumbre  pasar a esas horas por el barrio.
 Cada vez que escuchaba ese flautín cromático se me erizaba la piel y simulaba dormir, durita, casi sin respirar y tratando de que los párpados no me temblaran, cosa de que este buen hombre no me llevara a ese infierno aún peor que la casa que habitábamos.

En casa de mi abuela materna había un juego de muebles muy toscos en un jardín de invierno  que consistía en dos sillas de madera, una mesa y una especie de baúl sillón o sillón –baúl ( como más les guste), muy pesado.
Mis primos hacían sus delicias jugando con esos muebles. El juego se llamaba “ El velorio” .
Por alguna razón que desconozco siempre me tocaba el rol de muertita. 
Lo peor del caso era que no terminaba el juego con el velorio, las flores y los llantos. El juego comprendía también la parte de cerrar el cajón herméticamente  para que la cosa fuera bien realista.

Otra de las siniestras de mi familia era mi prima Valeria.
Con sutil perversión me llevó al cuarto de servicio donde mis abuelos escondían unos juguetes. Me hizo observarlos con detenimiento, cosa que quedaran impregnados en mis retinas…
Al día siguiente esos mismos juguetes aparecieron a cambio del agua y el pasto para los camellos y el sueño de “los Reyes Magos” se desvaneció para siempre. 
Y no voy a redundar narrando el juego donde me ataba y me obligaba a comer mermelada de naranja.

Pero no nos confundamos, No era yo sólo  víctima en estos juegos. Algunas veces me tocaba ser victimaria…
Con mi hermana solíamos armar una valija con las pertenencias de nuestro hermano menor ( dos o tres años tendría el pobrecito) . Le entregábamos el equipaje y le decíamos que era hora de marcharse de casa. Que así era la costumbre y que no había solución. Solo podía llevarse una foto de mamá. No terminábamos el juego hasta verlo destrozado en llanto.

En una oportunidad le tocó a mi hermana el mal trago. Su maestra de tercer grado me hace llamar y, delante de todo el curso pide justicia! Estos dibujos no los hace esta niña, estos dibujos están hechos por un adulto!! No puede ser! No puede ser!!. Mi hermana pagando la culpa de un talento que nunca más desarrolló , no fuera cosa que se la quemara en la hoguera…


Condimentaban  estos momentos,  un pediatra que me apodaba “Maria Marta” y no precisamente por mi voz . Una niñera adepta por la terapia infantil de la ducha fría, un jardinero borrachín con un hijo tocaniños, las novelas de Verónica Castro y los capítulos de la familia Ingalls con la niña ciega, el bebé muerto, Caroline sufriendo y ni que hablar del Chavo del ocho durmiendo en un barril.

Qué linda fue la infancia y sin embargo… como volvería a vivirla!!!